El reto del esquema operativo vinculado a la puesta en marcha del
Cargophopper era que fuera eficiente, pero no más caro. El empresario Jacques
van der Linden quería los máximos beneficios pero al mismo tiempo sabía que era
difícil que la gente pagara más por un servicio con repercusiones positivas para
el medio ambiente. De modo que el margen de beneficio debía basarse en la calidad del
servicio: capacidad de transporte, rapidez,
etc.
El hecho de que el centro logístico estuviera a 11 kilómetros del centro
de la ciudad donde se debía realizar la distribución era un obstáculo económico
para que el vehículo eléctrico saliera directamente del centro debido a su
velocidad y a la cuestión de la duración de las baterías. En cambio se valoró
que tendría más sentido cargar el vehículo eléctrico en un punto muy cercano a
su espacio de trabajo (300 metros).
Otra observación que se realizó fue que en el reparto convencional
muchas veces las furgonetas y camiones solían volver vacíos. Por tanto, un valor añadido al servicio que se
propuso a los clientes fue que tuvieran preparados los elementos de reciclaje,
ya que así podrían aprovechar el momento de la distribución para deshacerse de
plásticos, papeles, etc. Esto se
hizo a través de un convenio con la
empresa de gestión de residuos Van Gansewinkel. Con ello se ahorra además la necesidad
de recogida en otro momento del día y el consumo de recursos asociado a esta
operación.
Con este sistema el Cargohopper lleva a cabo un total de 3 viajes
completos al día (ida y vuelta) igualando la capacidad de transporte de entre 5
y 8 furgonetas de reparto de tamaño estándar
europeo.